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Meditación para la transformación (Ramiro Calle)

Unas personas meditan para desestresarse; otras para poder gobernar un poco el  pensamiento indómito; las hay que practican la meditación para estar más tranquilas; otras para superar la ansiedad o la melancolía.

Hay personas que van a la meditación porque tienen trastornos psicosomáticos y los quieren superar. Otras personas padecen insomnio, nerviosismo o angustia, y recurren a la meditación.

 

Hay personas que están confusas o no encuentran un sentido a la vida, o están pasando por una mala situación o experimentan vacío existencial y le dan un voto de confianza a esta milenaria técnica cada vez más extendida.

Otras personas anhelan sentirse mejor, reorganizar su vida interior o su vida exterior, mejorar sus relaciones o sentirse más vivas y plenas.

 

Y la meditación puede ayudar a todas las personas y, desde luego, servirles para intensificar la atención, tener más energías, ir debilitando las tendencias insanas de la mente (ofuscación, avaricia y odio, y sus parientes cercanos) y procurar bienestar psicosomático y psicomental.

Llevo 48 años dando clases de meditación, dos por día. He comprobado hasta que punto la meditación ayuda al ser humano. Le enseña a desalienarse, hallar consuelo y refugio en sí mismo, a mejorar, en suma, su calidad de vida psíquica. Es fenomenal mejorar, lícitamente, la calidad de vida exterior, pero hay que velar por la vida anímica.

Pero además de todo lo mencionado, el alcance de la meditación todavía va más allá.

La meditación es un método específico de transformación interior, para ir modificando la manera de reaccionar.

Los frutos que se van obteniendo con la meditación (energía, atención, serenidad, ecuanimidad, lucidez, paciencia y otros) hay que llevarlos a la vida diaria. No pueden -como les prevengo a mis alumnos- quedarse solo en la sala de meditación.  Por eso la meditación es un arte de vivir y hay que aprender a estar más meditativo en la vida de cada día.

 

Cuando un discípulo le preguntó al maestro: «¿Dónde está la verdad?«, éste repuso: «En la vida de cada día«.

El discípulo protestó diciendo: «Ahí yo no veo verdad alguna» y el mentor replicó: «Esa es la diferencia: unos la ven y otros no«.

Del mismo modo que de acuerdo a como estén situadas las bisagras, la puerta abre hacia adentro o hacia afuera, dependiendo de la actitud las cosas nos afectan de una manera más equilibrada o más neurótica y reactiva. La actitud es esencial. Y la actitud es la forma en que tomamos las cosas.  Mediante la meditación trabajamos para transformar la actitud que nos hace reaccionar desmesurada y anómalamente, en una actitud basada en la ecuanimidad. Lo que a unos tanto preocupa y obsesiona, a otras apenas les afecto o incluso deja indiferentes. Depende de la actitud.

El ego es un falsario.

Los que estamos en la búsqueda interior lo sabemos muy bien. Es también un embaucador, un sagaz hipnotizador. El ego nos hace creer que todo podemos preveerlo,  predecirlo y controlarlo.  Así de necio es el ego. Es como la pulga que está viajando a lomos de un elefante y piensa: «A la derecha«, y casualmente el animal gira a la derecha, y la pulga piensa: «¡Cómo le domino!«. Un instante después el elefante estornuda, y ya podeis imaginar, amigos míos, dónde va la pulga.

 

Como un preceptor es una especie de «despertador» o «pepito grillo» para sus discípulos y para sí mismo, a menudo les recuerdo a mis alumnos: «Si no podemos cambiar una situación,  sí podemos cambiar nuestra actitud y reacción ante esa situación«.

 

Es signo de salud mental saber relativizar.  O sea, si puedes cambiarlo para mejorarlo, hazlo; pero si no, aceptálo con ecuanimidad.

 

Y acabo con lo que pudo decir un general que perdió la guerra: «Hasta ahora yo controlaba en algo la situación. Ahora  lo único que puedo controlar es mi mente ante la situación que no controlo«.

 

Ramiro Calle

Escritor y Director del Centro Shadak

 

ramirocalle.com

 

Fuente: espaciohumano.com

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